Son las últimas horas del año. Fuera se escuchan petardos y risas, pero yo siento una extraña mezcla de calma y vértigo absoluto.
Tengo 35 años y, sobre el papel, "lo he conseguido". He llegado a lo más alto de mi carrera profesional. Y no ha sido suerte. Detrás de este estatus hay años de estudiar lo indecible, de sacrificar veranos, de decir "no" a planes divertidos por responsabilidad, de esforzarme al máximo para cumplir con lo que se esperaba de mí. He construido, ladrillo a ladrillo y con muchísimo esfuerzo, la vida que se supone que es el éxito.
Pero este 2023 me ha traído una revelación tan dura como necesaria: La cima es un lugar muy solitario si no es tu montaña.
La Jaula de Oro
No sabría decirte en qué momento exacto se rompió el hechizo. Solo sé que empecé a sentir una incomodidad física, constante. Me levantaba por las mañanas para ir a ese trabajo por el que tanto había luchado y sentía que me faltaba el aire, que no tenía ningún sentido.
Lo lógico, lo sensato, lo que mi entorno aplaudiría, sería quedarme. "¿Cómo vas a dejarlo ahora que has llegado aquí?", me dice mi mente racional. "Es lo cómodo, es lo seguro, es lo respetable".
Pero me he dado cuenta de algo aterrador: quedarme ahí solo por inercia y comodidad me da más miedo que saltar al vacío. El dolor de traicionarme a mí misma cada día se ha vuelto más insoportable que el miedo a perder el estatus.
Constituir para salvarme
Así que este año, en medio de esa crisis de sentido, he hecho algo. He constituido una sociedad. Nace Anesnu.
Todavía no sé muy bien cómo va a salir. Aún sigo en mi puesto, cumpliendo, pero mi alma ya se ha mudado. Firmar esos papeles ha sido mi primer acto de rebeldía real. Es mi bote salvavidas. Es mi forma de decirme a mí misma: "Tranquila, estamos construyendo la salida. Vamos a volver a casa".
Es un salto al vacío, sí. Dejo atrás la seguridad de lo conocido para lanzarme a un mundo que desconozco. Pero siento que es la única manera de honrar a la niña que fui y a la mujer que quiero ser.
Las piedras que me encontraron
Lo curioso de este año de transición es que no he estado sola. En medio de mi confusión, apareció ella: una Amazonita. Yo no sabía nada de minerales. No la busqué. Simplemente, un día ella me "llamó" y me escogió. Ahora entiendo por qué. Es la piedra de la verdad, de la valentía y de la libertad. Ha sido mi compañera silenciosa durante estos meses en los que necesitaba desesperadamente encontrar la fuerza para admitir que mi éxito ya no me hacía feliz.
Y luego, cuando el miedo a decepcionar a los demás y la incertidumbre empezaban a pesar demasiado, llegó la Turmalina Negra. Ella ha sido mi guardaespaldas. En este proceso de duelo por mi "yo profesional" y de nacimiento de mi "yo real", he sentido su peso denso anclándome a la tierra cada vez que el vértigo me mareaba.
Propósito para el 2024
No sé qué me depara el año que empieza en unas horas. Sé que será un año de cambios drásticos, de cerrar etapas dolorosas y de mucha incertidumbre.
Solo sé que hoy, 31 de diciembre, brindo con una certeza nueva: El verdadero éxito no es llegar a lo más alto, es llegar a ser tú misma.
Gracias, 2023, por la incomodidad. Fue la gasolina que necesitaba para despertar. 2024, estoy lista para empezar a escribir mi propia historia, no la que escribieron para mí.
¡Feliz año a todas las valientes que se atreven a cambiar el guion!